
SAN ANTONIO ABAD
Fiesta 17 de enero
Patrón de tejedores de cestos, fabricantes de pinceles, cementerios, carniceros y animales domésticos.
Oración:
Dios Padre Misericordioso: Tú que le concediste a San Antonio Abad la gracia de saber dominarse tan perfectamente a sí mismo y dedicar su vida a la oración y a hacer el bien a los demás, haz que también nosotros, con tu ayuda y protección no busquemos darle gusto a nuestro egoísmo sino que dediquemos nuestra vida a amar a nuestro Dios y a servir a nuestros prójimos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.
San Antonio es un modelo de espiritualidad ascética.
Durante una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”.
Al morir sus padres, San Antonio entregó su hermana al cuidado de las vírgenes consagradas , distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Hizo vida eremítica en el desierto, junto a un cierto experto llamado Pablo. Después vivió junto a un cementerio, siendo testigo de la vida de Jesús que vence el temor a la muerte.
Organizó comunidades de oración y trabajo. Pero prefirió retirarse de nuevo al desierto. Allí logró conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Viajó a Alejandría para apoyar la fé católica ante la herejía arriana. Tuvo muchos discípulos; trabajó en favor de la Iglesia, confortando a los confesores de la fe durante la persecución de Diocieciano, y apoyando a San Atanasio en sus luchas contra los arrianos. Una colección de anécdotas, conocida como “apotegmas” demuestra su espiritualidad evangélica clara e incisiva.
Murió hacia el año 356, en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
El nombre de Antonio puede significar: “Fluoresciente” (de “Antos”, flor) o “Invencible” (de “Anteos”, el que se enfrenta victorioso a los enemigos). La vida de este santo la escribió San Atanasio, su gran amigo.
San Antonio Abad murió el 17 de enero, pero sí lo supieron educar cristianamente.
A los veinte años quedó huérfano de padre y madre, y al entrar a una iglesia oyó leer aquellas palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, y dalo a los pobres”. Se fue entonces y vendió las 300 fanegadas de buenas tierras que sus padres le habían dejado en herencia, y repartió el dinero a los necesitados. Lo mismo hizo con sus casa de Jesús: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, y dalo a los pobres”. Se fue entonces y vendió las 300 fanegadas de buenas tierras que sus padres le habían dejado en herencia, y repartió el dinero a los necesitados. Lo mismo hizo con sus casas y mobiliarios. Sólo dejó una pequeña cantidad para vivir él y su hermana.
Pero luego oyó leer en un templo aquella frase de Cristo: “No os preocupéis por el día de mañana”, y vendió el resto de los bienes que le quedaban, y asegurando en un convento de monjas la educación y el futuro de su hermana, repartió todo lo demás entre la gente más pobre, y él se quedó en absoluta pobreza, confiado sólo en Dios. Se retiró a las afueras de la ciudad a vivir en soledad y oración. Vivía cerca de algunos monjes que habitaban por allí, y de ellos fue aprendiendo a orar y a meditar. Le enseñaron a leer y su memoria era tal que lo que leía lo aprendía de memoria. Esto le va a servir mucho para el futuro, cuando no tendrá libros para leer, pero sí recordará maravillosamente lo leído anteriormente.
Recordando la frase de San Pablo: “El que no trabaja que no coma” (2 Tes, 3,10) aprendió a tejer canastos, y con el trabajo de sus manos conseguía su sustento y aún le quedaba para ayudar a los pobres.
Su fervor era tan grande que de pronto oía hablar de algún monje o ermitaño muy santo, y se iba hacia donde él a escucharle sus consejos y tratar de aprender cómo se llega a la santidad. Y así pronto fue también él un ermitaño admirablemente santo.
Pero el demonio empezó a traerle temibles tentaciones. Le presentaba en la mente todo el gran bien que él podría haber hecho si en vez de repartir sus riquezas a los pobres las hubiera conservado para extender la religión. Y le mostraba lo antipática y fea que sería su futura vida de monje ermitaño. Trataba de que se sintiera descontento de la vocación a la cual Dios lo había llamado. Como no lograba desanimarlo, entonces el demonio le trajo las más desesperantes tentaciones contra la pureza. Le presentaba en la imaginación toda clase de imágenes impuras. Pero él recordando aquella frase de Jesús: “Vigilad y orad para no caer en la tentación”, “Ciertos malos espíritus no se alejan sino con ayuno y oración”, se puso a vigilar sus sentidos: ojos, oídos, etc., para que ninguna mala imagen o atracción lo sedujeran. Y luego empezó a orar mucho y a ayunar fuertemente.
Pasaba muchas horas del día y de la noche orando. No comía ni bebía nada jamás antes de que se ocultara el sol. Y su alimento era un poco de pan o de dátiles, un poco de sal, y agua de una cisterna.
Un día el demonio enfurecido porque no lograba vencerlo le dio un golpe tan violento que el santo quedó como muerto. Vino un amigo y creyéndolo ya cadáver se lo llevó a enterrar, pero cuando ya estaban disponiendo los funerales, él recobró el sentido y se volvió a su choza a orar y meditar. Allí le dijo a Nuestro Señor: ¿Adónde te habías ido mi buen Dios cuando el enemigo me atacaba tan duramente? Y una voz del cielo le respondió: “Yo estaba presenciando tus combates y concediéndote fuerzas para resistir. Yo te protegeré siempre y en todas partes”.
A los 35 años de edad siente una voz interior que lo invita a dedicarse a la soledad absoluta. Hasta entonces había vivido en una celda, no muy lejos de la ciudad y cerca de otros ascetas. La palabra “asceta” significa “el que lucha por dominarse a sí mismo”. La gente llamaba ascetas a los cristianos fervorosos que se dedicaban con la oración, el sacrificio y la meditación a conseguir la santidad. Cerca de un grupo de ellos había vivido ya varios años Antonio y había aprendido cuanto ellos podían enseñarle para ser santo. Ahora se sentía capaz de alejarse a tratar de entenderse a solas con Dios.
Se fue lejos al otro lado del río Nilo. Encontró un cementerio abandonado y allí se quedó a vivir. Las gentes antiguas creían que las almas en penas venían a espantar en los cementerios. Para convencerse de que tal creencia era cuento y mentiras, se quedó a vivir en aquel cementerio y ningún alma de difunto vino a espantarlo. Aquel terreno estaba infestado de serpientes venenosas. Les dio una bendición y ellas se alejaron. Solamente un amigo suyo venía muy de vez en cuando a traerle un poco de pan. Levantó un muro para hacer el sacrificio de no ver a nadie, y hasta el que le traía el pan tenía que lanzárselo por encima del muro. Muchas gentes venían a consultarlo y les hablaba a través del muro.
Pero la fama de que sus consejos hacían mucho bien se extendió tanto que al fin los peregrinos no pudieron contenerse y derribaron aquella pared. Allí estaba Antonio que desde hacía 20 años no veía rostro humano alguno, y no comía carne, y sólo se alimentaba de un poco de pan y un poco de agua cada día. Pero en su rostro no se notaba ningún mal efecto de estos sacrificios, sino que aparecía amable y lleno de alegría.
A los 55 años, para satisfacer la petición de muchos hombres que le pedían les ayudara a vivir vida de ermitaños como él, organizó una serie de chozas individuales, donde se practicaba una pobreza heroica. En cada una de estas chozas vivía un ermitaño dedicado a orar, a trabajar y a hacer sacrificios. Constantemente se oían cantar por allí las alabanzas de Dios.
Antonio los fue formando en la santidad con sus sabios consejos. San Atanasio narra que les aconsejaba lo siguiente: “No vivir tan preocupados por el cuerpo sino por la salvación del alma. Cada mañana pensar que éste puede ser el último día de nuestra vida, y vivir tan santamente como si en verdad lo fuera. Ejecutar cada acción como si fuera la última de la vida. Recordar que los enemigos del alma son vencidos con la oración, la mortificación, la humildad y las buenas obras y se alejan cuando hacemos bien la señal de la cruz. Les contaba que muchas veces había hecho salir huyendo al demonio con sólo pronunciar con toda fe el santo nombre de Jesús. Les decía que para combatir la impureza hay que pensar frecuentemente en lo que nos espera al final de la vida: Muerte, Juicio, Infierno o Gloria. Les insistía que se esforzaran por llegar a ser mansos y amables; que no buscaran ser alabados o muy estimados; que lo que obtuvieran con el trabajo de sus manos (se dedicaban a tejer esteras y canastos) lo dedicaran a los pobres y que su preocupación fuera siempre ir apreciando y amando cada día más a Jesucristo. Así con San Antonio nació en la Iglesia la primera comunidad de religiosos.
Cuando estalló la persecución contra los cristianos, el santo se fue con algunos de sus monjes a la ciudad de Alejandría a animar a los cristianos para que prefirieran perder todos sus bienes y hasta la misma vida con tal de no renegar de Cristo y de su santa religión. Los paganos no se atrevieron a hacerle daño porque la gente lo veneraba como un hombre de Dios. “Ahí va el santo”, exclamaban hasta los paganos al verlo pasar.
Luego se fue a vivir más lejos todavía y duró 18 años sin ver a nadie, sólo meditando, haciendo penitencias y hablando con Dios. En los terribilísimos calores del desierto (44 grados) hizo el sacrificio de no bañarse ni una vez, ni cambiarse de ropa. Era un sacrificio tremendo para esos calores sofocantes. No bebía ni una gota de agua antes de que se ocultara el sol.
Pero apareció luego una terrible herejía que decía que Cristo no era Dios. La propagaba un tal Arrio. San Antonio contempló en una visión que el mundo se llenaba de serpientes venenosas, y oyó una voz que decía: “Son los que niegan que Jesucristo es Dios”. Inmediatamente hizo expulsar de sus monasterios a todos los arrianos que negaban la Divinidad de Jesucristo y se fue otra vez a Alejandría a apoyar a San Atanasio que era el gran orador que atacaba a los arrianos. Allá San Antonio hizo milagros portentosos para probar que Cristo sí es Dios.
Al famoso sabio Dídimo el ciego le dijo que no entristeciera por ser ciego, sino que se alegrara porque con la fe podía ver a Dios en su alma.
Los últimos años de su vida era muy visitado por peregrinos que iban a pedirle consejos. El hacía que sus monjes más santos y más sabios los aconsejaran y luego reuniendo al atardecer a todos los peregrinos les hacía algún pequeño sermón.
Murió de más de cien años pero conservaba buena la vista y el cerebro. Y aparecía siempre tan alegre y amable, que cuando llegaba un peregrino y preguntaba por él, le decían: “Busque entre los monjes, y el más alegre de todos, ese es Antonio”. Y aunque el peregrino jamás lo había visto antes en su vida, pasaba por entre los monjes y al ver a uno más amable y risueño y alegre que los demás, preguntaba: ¿Es este Antonio? Y le respondían que sí era él.
Antes de morir hizo jurar a sus discípulos que no contarían dónde estaba enterrado, para que las gentes no tuvieran el peligro de dedicarse a rendirle cultos desproporcionados.
Los antiguos le tenían mucha fe para que alejara de sus campos las pestes que atacan a los animales. Por ese lo pintan con un cerdo, un perro y un gallo. Había también la costumbre de que varios campesinos engordaban entre todos cada año un cerdo y el día de San Antonio, el 17 de enero, lo mataban y lo repartían entre los pobres.

Ilustre padre del monaquismo. Testigo radical del EvangelioSan Antonio o Antón Abad (Heracleópolis Magna, Egipto, 251 – †Monte Colzim, Egipto, 356) fue un monje cristiano, fundador del movimiento eremítico. El relato de su vida, transmitido principalmente por la obra de San Atanasio, presenta la figura de un hombre que crece en santidad y lo convierte en modelo de cristianos. Tiene elementos históricos y otros de carácter legendario; se sabe que abandonó sus bienes para llevar una existencia de ermitaño y que atendía varias comunidades monacales en Egipto, permaneciendo eremita. Se dice que alcanzó los 105 años de edad.

LEYENDA
Antonio nació en el pueblo de Comas, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto. Se cuenta que alrededor de los veinte años de edad vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres y se retiró a vivir en una comunidad local haciendo ascética, durmiendo en un sepulcro vacío. Luego pasó muchos años ayudando a otros ermitaños a dirigir su vida espiritual en el desierto, más tarde se fue internando mucho más en el desierto, para vivir en absoluta soledad.
De acuerdo a los relatos de san Atanasio y san Jerónimo, popularizados en el libro de vidas de santos “La leyenda dorada” que compiló el dominico genovés Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto. La tentación de san Antonio se volvió un tema favorito de la iconografíacristiana, representado por numerosos pintores de fuste.
Su fama de hombre santo y austero atrajo a numerosos discípulos, a los que organizó en un grupo de ermitaños junto a Pispir y otro en Arsínoe. Por ello, se le considera el fundador de la tradición monacal cristiana. Sin embargo, y pese al atractivo que su carisma ejercía, nunca optó por la vida en comunidad y se retiró al monte Colzim, cerca del Mar Rojo como ermitaño. Abandonó su retiro en 311 para visitar Alejandría y predicar contra el arrianismo.
Jerónimo de Estridón, en su vida de Pablo el Simple, un famoso decano de los anacoretas de Tebaida, cuenta que Antonio fue a visitarlo en su edad madura y lo dirigió en la vida monástica; el cuervo que, según la leyenda, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. A la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con la ayuda de dos leones y otros animales; de ahí su patronato sobre los sepultureros y los animales.
Se cuenta también que en una ocasión se le acercó una jabalina con sus jabatos (que estaban ciegos), en actitud de súplica. Antonio curó la ceguera de los animales y desde entonces la madre no se separó de él y le defendió de cualquier alimaña que se acercara. Pero con el tiempo y por la idea de que el cerdo era un animal impuro se hizo costumbre de representarlo dominando la impureza y por esto le colocaban un cerdo domado a los pies, porque era vencedor de la impureza. Además, en la Edad Media para mantener los hospitales soltaban los animales y para que la gente no se los apropiara los pusieron bajo el patrocinio del famoso San Antonio, por lo que corría su fama. En la teología el colocar los animales junto a la figura de un cristiano era decir que esa persona había entrado en la vida bienaventurada, esto es, en el cielo, puesto que dominaba la creación.
RELIQUIAS Y ORDEN MONASTICA
Se afirma que Antonio vivió hasta los 105 años, y que dio orden de que sus restos reposasen a su muerte en una tumba anónima. Sin embargo, alrededor de 561 sus reliquias fueron llevadas a Alejandría, donde fueron veneradas hasta alrededor del siglo XII, cuando fueron trasladadas a Constantinopla. La Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios, fundada por esas fechas, se puso bajo su advocación. La iconografía lo refleja, representando con frecuencia a Antonio con el hábito negro de los Hospitalarios y la tau o la cruz egipcia que vino a ser el emblema como era conocido.
Tras la caída de Constantinopla, las reliquias de Antonio fueron llevadas a la provincia francesa del Delfinado, a una abadía que años después se hizo célebre bajo el nombre de Saint-Antoine-en-Viennois. La devoción por este santo llegó también a tierras valencianas, difundida por el obispo de Tortosa a principios del siglo XIV.
La orden de los antonianos se ha especializado desde el principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo, llamado también fuego de San Antón o fuego sacro o culebrilla. Se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago, a las afueras de las ciudades, donde atendían a los peregrinos afectados.
El hábito de la orden es una túnica de sayal con capuchón y llevan siempre una cruz en forma de tau, como la de los templarios. Durante la Edad Media además tenían la costumbre de dejar sus cerdos sueltos por las calles para que la gente les alimentara. Su carne se destinaba a los hospitales o se vendía para recaudar dinero para la atención de los enfermos.
ICONOGRAFIA
Se representa a san Antonio Abad como un anciano con el hábito de la orden y con un cerdo a sus pies. Muchos artistas han tomado este tema para sus obras; uno de los trabajos más conocidos es el “Tríptico de las Tentaciones de san Antonio”, pintada por Hieronymus Bosch. (Diego Rivera, en 1947 pintó una obra también titulada: “Las tentaciones de San Antonio”.)
También el famoso pintor español Salvador Dalí pintó un cuadro llamado La tentación de San Antonio, que marcaba su entrada a una nueva etapa de misticismo religioso.
En el transporte colectivo conocido como el Metro de Ciudad de México, en su línea 2, una estación fue nombrada “San Antonio Abad”, y por consiguiente es identificada por un logotipo.
FESTIVIDADES
Su fiesta se estableció el 17 de enero tras el traslado de sus reliquias al Delfinado.
En el Principado de Andorra en todas las “Parroquias” se reparte la escudella barretjada, una especie de cocido a base hortalizas y verduras a las cuales se le agrega por separado, carne de cerdo,gallina,butifarra blanca y negra etc,un plato muy consistente que las diferentes agrupaciones que organizan el acontecimiento,elaboran desde el alba y que una vez repartido entre los asistentes se come con pan moreno y regado con vino en porron.
En algunos pueblos de Valencia se celebra organizando mercados populares de venta de frutos secos, conocidos como “el porrat de Sant Anton”; se construyen también grandes hogueras que se encienden la víspera para recordar el fuego de San Antón, como se conocía la enfermedad del cornezuelo del centeno, que en muchos casos el santo curaba milagrosamente. La hoguera más destacada es la de Canals por ser la más grande del mundo. En Canals también se celebran bendiciones de animales y el día de los parells que consiste en que los festeros, a caballo, reparten por todo el pueblo miles de juguetes y otros objetos.También en Elda es el patrón de sus fiestas de moros y cristianos, celebradas el primer fin de semana de junio. En el pueblo extremeño de Navalvillar de Pela, se celebra la fiesta de La Encamisá llamada también Carrera de San Antón, entre hogueras encendidas una multitud de caballerías recorren las calles del pueblo dando vítores al santo patrón.
En algunas localidades de la Alpujarra se celebran “los chiscos”, que son las fiestas dedicadas a San Antón, en torno al día 17 de enero. Los “chiscos” son hogueras alrededor de las cuales se baila, se come y se charla amigablemente, uniendo a todos los vecinos y los que llegan de otros pueblos. El día de la fiesta se rifaba el cerdo que durante el año había sido engordado entre todos. Actualmente han adquirido gran importancia en Torvizcón, situada en la Sierra de la Contraviesa.
En la comarca de la Vega de Granada se acostumbra, en númerosas localidades, a hacer hogueras en honor de San Antón. Los niños de esta zona se dedican los días antes a su festividad a recolectar los desechos de la poda de los árboles y cualquier otra cosa susceptible de ser quemada en la hoguera. Existen pueblos, como es el caso de Armilla donde el ayuntamiento hace concursos de “Lumbres de San Anton”, premiando aquellas que sean más grandes, seguras, amenas (con algún tipo de entretenimiento, como música, juegos etc.) y dispongan de un variado surtido de alimentos preparados en la hoguera (carne y embutidos asados, patatas asadas, etc.). Antaño era costumbre que los niños y los no tan niños cantaran canciones típicas de esta festividad mientras jugaban a la rueda alrededor de la hoguera. A modo de ejemplo se incluye la siguiente letra:
San Antón mató un marrano
y no me dio las morcillas
quien le diera a San Antón
con un palo en las costillas.
También en la zona de la Vega de Granada se acostumbra a elaborar en esta época la conocida Olla de San Antón. Se trata de un puchero elaborado principalmente con habas secas, carne de cerdo (careta, orejas, patas, tocino, espinazo, costillas, rabo, morcilla, etc.), patatas junto con otros ingredientes que puede variar según la zona. Se trata de un plato altamente calórico que suele ofertarse en los restaurantes de la zona en esta época del año. Lo típico es tomarse un plato de Olla y posteriormente comerse una buena pringá hecha con la carne, el tocino y la morcilla.
En Jaén, la noche del 16 al 17 de enero se realizan lumbres en honor a San Antón, en las que se suele comer, beber y cantar melenchones. Esa misma noche se celebra la Carrera Urbana Internacional Noche de San Antón, en la que los corredores recorren 8,5 km arropados por las antorchas que lleva el público, especialmente en el tramo final.
No sólo en España, sino también en América Latina, San Antonio adquirió una increíble fama. En Perú, en Panamá, en Guatemala, México, Santo Domingo y otros países latinos existen calles, hospitales, hoteles y localidades que honran a San Antonio Abad. En Egipto ha habido una nueva efervescencia monástica en torno a la figura de San Antonio Abad. En Norcia, Italia, existe un monasterio de monjas benedictinas bajo su patrocinio y en Humacao, Puerto Rico, hay una comunidad benedictina también bajo su patrocinio. Tampoco hay que olvidar que la reforma del Carmelo de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz recurrió a los ermitaños y muy particularmente a la espiritualidad de San Antonio Abad para su reforma. A San Antonio se le atribuyen cartas y unos dichos, los cuales reflejan su paternidad (ser apa –en egipcio– o abad en latín) sobre los ermitaños.
En Trigueros (Huelva) se celebra también desde hace siglos las fiestas de San Antonio Abad. Desde el día 9 de enero las campanas de la torre de la Iglesia anuncian a diario con media hora de repiques la llegada de las fiestas. El día 16 de enero, Trigueros se vuelve una gran antorcha con cientos de hogueras de carrasca, lentisco y romero a las puertas de las casas para conmemorar la víspera de la fiesta del patrón.Y a continuación durante el último fin de semana del mes de enero el santo a hombros de los triguereños recorre todas las casas del pueblo. Durante esta larga procesión, tienen lugar las célebres “tiradas”, en las cuales se tiran desde los balcones de las casas panes, chacinas, jamones, y otros muchos productos que son recogidos por los asistentes a las fiestas, finalizando la tirada con el lanzamiento de las tradicionales roscas. Esta curiosa fiesta finaliza el lunes por la noche con la rifa de cuatro cerdos en la puerta del ayuntamiento y tras lo cual el santo se recoge en su capilla.
San Antón protagoniza la primera procesión del año en Málaga capital. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Paso, Nuestra Señora de los Dolores y San Antonio Abad, tiene su sede en el barrio malagueño de Churriana. El día 16 de enero, víspera de su festividad tiene lugar la procesión. La comitiva parte de la Parroquia -consagrada en su honor- tras el pregón. La procesión recorre las calles del casco antiguo de Churriana, y en el transcurso del desfile se queman las tradicionales ‘ruedas giratorias’ de fuegos artificiales en cumplimiento de promesas. El 17 de enero, festividad de San Antonio Abad, la imagen del santo anacoreta está en besapiés durante todo el día. Por ser Patrón de los animales, se procede a las siete de la tarde, a la bendición de los mismos y después da comienzo una solemne función religiosa. En los días previos se organizan fiestas populares en el barrio. Tambien en un barrio de la Orotava en Tenerife celebran a san Antinio Abad con una romeria feria de ganado y reparto de puchero canario .en municipios como buenevista y la matanza es benerado el santo y celebran sus fiestas principales.

SAN ANTONIO EL GRANDE
Abad
(251-356)
Memoria obligatoria
La palabra famosa del Evangelio que pobló el desierto de anacoretas fue también la que movió al primero y más grande de ellos. «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, distribuye el dinero a los pobres, y sígueme.» Antonio tenía veinte años cuando este consejo, recogido un día al desgaire en la asamblea de los cristianos, empezó a escarabajear en el fondo de su alma. Poco después vendía sus ciento cincuenta yugadas de tierra, dejaba su casa, salía de su ciudad de Coman, cerca de Heraclea, entre el bajo Egipto y la Tebaida, y desaparecía en la vasta soledad.
Refugióse primero en un desierto que se extiende cerca de Menfis, en la parte oriental del Nilo; vivió después algún tiempo en un sepulcro antiguo; pasó más tarde a un castillo arruinado, que fue su morada durante veinte años, y, finalmente, remontando el curso del Nilo, llegó hasta cerca de Tebas, caminó luego hacia el Oriente, y, después de recorrer unas treinta millas, vio una pequeña montaña que se alzaba a pocas leguas del mar Rojo, y al pie de ella una fuente abundante, sombreada por frondosas palmeras. Allí construyó una choza de dos varas en cuadro, que fue su residencia definitiva.
Pero el que había huido de los hombres se encontraba la soledad poblada de demonios. El espíritu del mal, que había adivinado en aquel joven el padre de una raza heroica, se presenta delante de él con sus innumerables transformaciones y sus especies infinitas. Sus ejércitos invaden la arena que ha de ser durante siglos el campo de las mayores hazañas. Antonio veía el mundo cubierto por las redes de sus asechanzas, y el enemigo se le presentaba como un monstruo disforme, cuya cabeza tocaba con las nubes y en cuyas garras quedaban prendidas muchas almas que intentaban volar hasta Dios. «Terribles y pérfidos son nuestros adversarios—dirá más tarde a sus discípulos—. Sus multitudes llenan el espacio. Están siempre cerca de nosotros. Entre ellos existe una gran soledad. Dejando a los más sabios explicar su naturaleza, contentémonos con enterarnos de las astucias que usan en sus asaltos contra nosotros.»
Era un experimentado quien hablaba. Al principio de su vida eremítica tuvo que luchar con las más patéticas estratagemas del infierno. Coronados de rosas o de cuernos, enormes como torres o diminutos e impalpables como duendes; bellos como dioses paganos majestuosos e hirsutos como profetas hebreos, transformados en larvas o cubiertos de pústulas repugnantes, con aposturas de efebos encantadores o con ademanes de ascetas encanecidos en la práctica de la virtud, los emisarios de Luzbel estaban siempre a su lado, tentadores y atormentadores. Tomaban la imagen de un niño desvalido, que, recostado a la puerta de su cabaña, lloraba sin cesar hasta que el Padre, lleno de compasión, se acercaba para socorrerlo; o bien, metamorfoseándose en algún religioso, se cruzaban en su camino pidiéndole sus bendiciones. Otras veces, viendo que estos ardides eran estériles, turbaban sus sueños, sugiriéndole visiones de grandeza y poderío. Pero como el santo demostraba el más absoluto desdén por los esplendores terrenales, Satanás ponía en juego todo el poderío de sus legiones malditas. Ni un paso podía dar el solitario sin ver surgir de la tierra piaras innumerables de puercos que gruñían espantosamente, manadas de chacales que estremecían con sus alaridos la soledad, millares de serpientes y de dragones que le rodeaban echando fuego por la boca. La choza se tambaleaba con la tempestad de rugidos, silbidos y estridores de aquellas fieras monstruosas. Una vez, en medio de esta lucha, Antonio vio que sobre lo alto de la montaña se abría el cielo, dejando escapar una gran claridad, que ahuyentó a los espíritus de las tinieblas. «¿Dónde estabas, mi buen Jesús?—exclamó entonces el solitario—. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no acudiste antes a curar mis heridas?» Y de entre la nube luminosa salió una voz que le decía: «Contigo estaba, Antonio; asistía a tu generoso combate. No temas; estos monstruos no volverán a causarte el menor daño.» Pero el demonio, que es muy sabio, cambió desde entonces de táctica; olvidando la violencia y el furor, echó mano de la malicia y la sutileza. Con una ligereza imperceptible trataba de insinuarse en todos los actos de su enemigo: tomaba voz angélica para alabar su penitencia y cantar su perfección; cambiaba sus alimentos por otros más exquisitos; trastornaba el orden de las letras en las Sagradas Escrituras; cerraba los párpados del anacoreta cuando velaba y usaba toda suerte de mañas para distraerle en sus rezos.
Frutos de esta lucha encarnizada fueron una paciencia celestial, una dulzura seráfica, una calma infinita. Antonio había penetrado desde este mundo en la serenidad de los escogidos. Las gentes iban a verle, y, aunque ni por su traje ni por sus maneras tenía distintivo alguno, le reconocían apenas se encontraban frente a él. Un solitario acostumbraba a hacerle cada año una visita, pero sin decirle nunca una sola palabra. Como el santo le preguntase la causa de aquel silencio: «Padre mío—respondió él—, con veros me basta.» Hasta su celda llegaban los sacerdotes de los ídolos, los obispos católicos, los doctores de la Iglesia y los sabios paganos. Una vez preguntó a dos de ellos, que habían venido atraídos por la curiosidad: «¿Por qué, oh filósofos, os habéis molestado por ver a un insensato?» «No te creemos tal—respondieron ellos—; al contrario, la sabiduría ha descendido sobre tu cabeza.» «Si creéis que soy sabio—replicó él—, debéis imitarme; pues no es de cuerdos huir de aquello que se aprecia.» A Dídimo, el famoso sabio cristiano, le preguntó si estaba triste por haber perdido la vista, y como él contestase afirmativamente, replicó Antonio: «Es extraño que un hombre tan sensato como vos eche de menos los ojos, que nos son comunes con las moscas, teniendo la luz más preciosa de los Apóstoles y los santos.»
La vida del hombre de Dios, como se le llamaba, era el más puro espejo de la bienaventuranza. Vencedor de todas las tentaciones, diríase que su ser había sido creador para resumir la santidad perfecta. Si los hombres acudían a su celda, no era menor el concurso de los bienaventurados. Desvanecidos los artificios del infierno a la voz del Señor, visitas celestes empezaban a ofrecerle el seráfico espectáculo de todas las beatitudes. Sus actos más insignificantes dictábanselos aquellos luminosos visitantes. Los ángeles viajaban con él, le introducían en el secreto de los corazones, velaban su sueño y le revelaban las cosas lejanas. Ninguna huella de amargura había quedado en él de los dolores pasados. Oyéndolo, creeríase oír a un niño en cuyo pecho no ha palpitado la menor pasión malsana. Una sonrisa seráfica florecía perennemente en sus labios, y sus ojos eran como dos manantiales de aguas inmaculadas. «Los rezos y las lágrimas—decía—purifican hasta lo más impuro.» Y agregaba: «Los más puros son los que con más frecuencia se ven acosados por las arteras mañas del demonio.»
El demonio seguía presentándose delante de él, pero Antonio le trataba como a un vencido. En su visita a Pablo, el eremita centenario, que vivía al otro lado del Nilo, se le apareció metamorfoseado en toda suerte de animales fabulosos, centauros, dragones, hipogrifos y arpías. «En un valle—dice San Jerónimo—vio un hombrecillo pequeño, que tenía las narices corvas y la frente áspera, con unos cornezuelos y pies de cabra en la última parte del cuerpo. Sin turbarse con este espectáculo, Antonio asió como buen soldado el escudo de la fe y la cota de la esperanza; pero el animal, manifestando sus intenciones pacíficas, le trajo unos dátiles para el camino; lo cual, visto por el santo, se detuvo y preguntó: «¿Quién eres?» «Yo soy mortal—respondió el trasgo—y uno de los habitadores del yermo, a quien la gentilidad reverencia con el nombre de sátiros, faunos e íncubos; y vengo a ti, por embajador de mi gente, a pedirte que ruegues por nosotros al Dios común de todos, el cual sabemos que vino por la salud del mundo.» Oyendo estas cosas, el viejo caminante regaba su rostro con muchas lágrimas y holgábase mucho por la gloria de Cristo y caída de Satanás, e hiriendo con su báculo la tierra, decía: «¡Ay de ti, Alejandría, que adoras a los monstruos en lugar de Dios! ¡Ay de ti, ciudad ramera, en quien han concurrido todos los vicios del mundo! ¿Qué podrás decir ahora, pues las bestias confiesan a Cristo, y tú te postras delante de los monstruos?» Y para que se crea su relato, añade San Jerónimo que en tiempo del emperador Constantino se trajo a Alejandría un hombre como éste, que fue la admiración de todo el pueblo; y después de muerto, salaron el cuerpo y lo llevaron a Antioquía para que el emperador lo viese.
Entretanto, Antonio se había convertido en padre de un pueblo nuevo. Eran los anacoretas, los sublimes habitantes de las montañas inhospitalarias y los arenales espantosos, representantes generosos de una humanidad superior, admirable hasta en sus mismos defectos, figuras de una fabulosa epopeya mística, cuyo primer canto es la vida de Antonio, el patriarca de todos ellos. Sisoes, el que, deseoso de llegar al reposo absoluto, se sentaba durante la noche en una roca al borde de un precipicio y oraba en alta voz hasta que los primeros rayos del sol doraban su frente; Salamanes, que se dejaba llevar por devotos raptores de una ribera a otra del Eufrates sin pronunciar una sola palabra; Benjamín, que, más perfecto que el Job antiguo, bendecía sin cesar al Señor por haberle dado una enfermedad monstruosa; Moisés el Negro, que, siendo sorprendido por cuatro bandoleros, desarmólos sin hacerles daño, encadenólos, con mucho cuidado y luego los llevó a cuestas a la iglesia para obligarlos a alabar a Dios; Isidoro, que en ochenta años no se lavó jamás, ni se puso más vestidos sino los indispensables para no ir desnudo, ni comió nunca sino raíces crudas; Arsenio, que, después de haber figurado en la corte imperial como la mayor lumbrera del siglo, convirtióse en el discípulo más humilde de los anacoretas de Scete; Apolo, que sabía arrodillarse ante los pecadores y castigar el orgullo de los obispos y los magistrados; Juan el Enano, que, en el frenesí de su caridad, pedía que lloviesen bendiciones en vez de agua, aunque se secasen las fuentes; Poimen, que, al lapidar a los ídolos, les pedía perdón por si les causaba alguna pena; todos ellos son hijos espirituales, discípulos, imitadores y continuadores de Antonio. Su anhelo era imitar la vida del Padre, seguir sus consejos, poner en práctica la divina sabiduría de sus máximas. Habían llegado al yermo atraídos por el prestigio de su nombre, y ya no pudieron separarse de él. Levantaron una choza cerca de la suya, trabajaron como él, aprendieron de él a orar, y se constituyeron en grupos numerosos y entusiastas. Eran miles y miles; en el monte de Colzún, donde residía el patriarca; en la ciudad anacorética de Pispir, junto al Nilo; en los alrededores de Tebas y en las cercanías de Menfis.
Antonio les aconsejaba, les dirigía y les enriquecía con los tesoros de su doctrina. De sus labios salían palabras que hubiérase dicho dictadas por nuestro Señor Jesús. A los que parecían susceptibles de orgullo, les hablaba de este modo: «A menudo nos engañamos sobre nosotros mismos, porque no conocemos nuestras faltas, y nos creemos perversos siendo buenos, y nos creemos buenos siendo perversos. Pero Dios conoce el secreto de la verdad. Así, hermanos, dejémoslo todo a su juicio, no oyendo sino la voz de nuestra conciencia.» A los que se sentían torturados por las inquietudes del mal, reprendíales diciendo: «Nada es tan vano como la desesperación. Llorad, que las lágrimas lavan el alma; llorad sin descanso, hasta que la losa de plomo que pesa sobre vosotros se derrita con el calor de vuestras lágrimas.» A los que carecían de paciencia, comparábalos a una casa de bella fachada, pero saqueada por los salteadores, y a los avaros les decía: «Hijos míos, dejadme que os diga lo que me ha enseñado la experiencia. La vida del hombre es brevísima, comparada con los siglos que han de seguir. Trabajamos en la tierra y heredamos en el cielo. Un hombre que diese una dracma de cobre por cien de oro, daría poco y ganaría mucho. Así hará aquel que, señor de toda la tierra, renuncie a ella para ganarse el Paraíso. ¿A qué adquirir lo que no podemos llevar con nosotros? Busquemos lo que nos ha de seguir siempre: la prudencia, la justicia, la dulzura y el amor de Cristo.»
Sus cóleras las guardaba Antonio para los herejes. A los cien años no dudaba en presentarse en Alejandría para amedrentarlos; mas pronto aparecía de nuevo en la montaña de Colzún cultivando su viña, regando sus coles, haciendo esteras, pasando la noche en oración y clamando cuando amanecía: «Oh sol, ¿por qué vienes a distraerme con tus rayos? ¿Por qué me robas la claridad de la verdadera luz?» Hasta que vio en lontananza brillar el sol que nunca se esconde. Entonces llamó a sus discípulos, les dio las últimas recomendaciones, les mandó ocultar su cuerpo para que no le adorasen los egipcios, y, después de entregarles su cilicio en herencia, puso su espíritu en manos de sus compañeros, los ángeles, que le llevaron al cielo. Su túnica la heredó San Atanasio, patriarca de Alejandría, que fue su biógrafo y el primero de sus admiradores.
